La luz no llega siempre desde el exterior, muchas veces nace en nosotras y se expande en silencio. Las manchas no hace falta justificarlas, ni a los gestos ponerles intención. Una luminosidad que es un modo de sentir; no es un destello, sino una compañía.
Nos recuerda que hay zonas que siempre han brillado, aunque nadie las haya visto. Mientras miramos, vamos soltando: tensiones, sombras que no necesitan sostenerse. Ese lugar se vuelve un refugio, una claridad que no exige nada, sólo estar.
Quizá lo luminoso sea eso: una forma de ternura. Constatar que no estás sola, que incluso en el caos hay un punto que te acompaña.







