La fuente es lo primigenio. Aparece en medio del ruido de la forma, cuando los colores se dispersan y la materia cuenta sus antiguas historias. No nace en ningún lugar y tampoco se dirige a ningún destino, simplemente atraviesa la memoria de la tierra, las heridas convertidas en aprendizaje, los fuegos que alguna vez creímos finales.
A su paso, todo aquello que parecía fragmentado comienza a reconocerse. La sombra recuerda a la luz. La roca recuerda al agua. El corazón recuerda al alma. Todo es tránsito, encuentro.
Entonces comprendemos que la vida no consiste en resistir la corriente, sino en permitirle pasar por nosotras. Porque el Espíritu no llega para vencer nada, llega para unir. Une lo disperso, lo herido, lo incomprendido y donde antes había separación, deja un cauce luminoso, recordándonos que todo lo que existe busca regresar a la esencia, aunque recorra caminos diferentes para encontrarla.







