Cuando todo se volvió sombra, cuando los caminos desaparecieron y el horizonte dejó de responder a las preguntas, apareció la luz. No llegó con estruendo, ni reclamó atención. Simplemente estaba allí, pequeña y serena, como una presencia que siempre había esperado.
Entonces comprendí que la oscuridad no era un extravío, sino el templo donde madura la visión. Las tinieblas no ocultaban el camino; lo estaban gestando. Aquella claridad suspendida en la inmensidad no era una meta lejana, sino un mensaje: lo que somos antes del miedo, antes del tiempo, antes de olvidar. Cada paso hacia ella era también un paso hacia dentro.
Porque la verdadera puerta no se abre ante los ojos, sino en el centro silencioso del alma y al cruzarla, nada cambia y todo se transforma. La noche permanece. Las estrellas permanecen. El universo permanece. Pero quien contempla ya no es la misma.







